En esta época del año calor, verano y corazón pueden ir de la mano. El verano es un momento de más sol, más luz, más descanso y poder disfrutar al aire libre. Pero especialmente en los últimos años, también es una época en la que nos podemos exponer a calor extremo.
Últimamente los telediarios hablan mucho de temperaturas récord. Vemos cómo las olas de calor se asocian a trágicos desenlaces, cebándose especialmente con personas mayores y pacientes con enfermedades cardíacas.
Esta asociación no es una mera casualidad: el calor altera nuestro cuerpo y concretamente el sistema cardiovascular de distintas formas, como vamos a leer en este artículo.
Cuando la temperatura exterior sube, el cuerpo activa mecanismos para mantener el equilibrio interno. La piel recibe más flujo sanguíneo para disipar calor, la frecuencia cardíaca aumenta y la necesidad de hidratación se multiplica.
Si estos mecanismos fallan o se ven superados, aparecen síntomas como mareos, bajadas de tensión, palpitaciones, síncopes o incluso cuadros graves como el golpe de calor. En personas vulnerables, que ya partían de un sistema comprometido estos cambios pueden descompensarlos.
En este artículo vamos a ver cómo responde el corazón al calor.
¿Qué grupos de población tienen más riesgo?
¿Por qué en consulta aparecen tantos desajustes de medicación en verano?
¿Qué podemos hacer concretamente para proteger nuestro corazón durante las olas de calor?
Ponte al fresco y no te pierdas este artículo que viene calentito.

¿Cómo se asocian calor, verano y corazón?
El cuerpo humano, como el de otros animales, está diseñado para funcionar bien dentro de un rango de temperaturas asumible, como 20-25ºC. Cuando la temperatura ambiental aumenta, el organismo pone en marcha una serie de respuestas fisiológicas para evitar el sobrecalentamiento. Estas respuestas, aunque necesarias, suponen un esfuerzo adicional para el sistema cardiovascular.
Vasodilatación cutánea
El primer mecanismo es la vasodilatación. Los vasos sanguíneos de la piel se abren para permitir que la sangre circule más cerca de la superficie corporal y así disipar calor.
Este proceso reduce la resistencia vascular periférica y puede provocar una caída de la presión arterial. Para compensarlo, cuando caen las resistencias en la circulación periférica el corazón aumenta la frecuencia y el gasto cardíacos (la fuerza con la que bombea).
En personas sanas, este ajuste puede ser asumido por nuestro aparato circulatorio. Pero en pacientes con problemas cardíacos, esta respuesta puede provocar un desequilibrio.
Menor retorno venoso
La vasodilatación también disminuye el retorno venoso. Esta es una explicación de que los tobillos y los pies se pongan como botes en verano. Parte de líquido no retorna al corazón y se queda almacenado en las piernas.
Con menos sangre volviendo al corazón, el volumen que puede bombear se reduce. Por eso lo que hace es aumentar más la frecuencia cardíaca para mantener las necesidades. Esto puede generar sensación de palpitaciones, fatiga o mareos.
Deshidratación y pérdida de volumen
El calor aumenta la sudoración. Si no se repone adecuadamente el líquido perdido, aparece deshidratación, que reduce el volumen circulante y empeora la hipotensión. La deshidratación también altera electrolitos como sodio y potasio, aumentando el riesgo de arritmias, especialmente fibrilación auricular.
Y no podemos olvidar las temidas gastroenteritis que son más frecuentes en verano y que pueden aumentar la pérdida de líquidos. Además producen desequilibrios en los iones que afectan más a personas que toman ciertos medicamentos como digoxina o diuréticos.

Activación del sistema nervioso autónomo
El calor extremo altera la regulación autonómica. El termostato natural de todas las funciones del cuerpo. El sistema simpático se activa para intentar mantener la presión arterial, pero en personas mayores o con enfermedades crónicas esta respuesta está deteriorada.
El resultado es una peor tolerancia ortostática: el paciente se levanta y la tensión cae de golpe. Son frecuentes los mareos, las pérdidas de conciencia y las caídas.
Riesgo de golpe de calor
El golpe de calor es una emergencia médica. No es solo “estar muy acalorado”, sino un fallo del sistema de termorregulación que puede causar: taquicardia marcada, hipotensión, daño renal, alteración del estado mental y en última instancia riesgo de muerte.
El corazón es uno de los primeros órganos en sufrir cuando la temperatura corporal supera los límites fisiológicos.
Calor, verano y corazón en los grupos de riesgo
El calor extremo no afecta a todos por igual. La evidencia científica, incluida la declaración conjunta de ocho asociaciones de la ESC, identifica claramente los grupos más vulnerables. Aquí puedes acceder a la revisión pulsando en este enlace
Mayores de 65 años o vulnerables
Tienen menor capacidad de termorregulación, menor sensación de sed y más probabilidad de deshidratación. Además, suelen tomar medicación que puede interferir con la respuesta al calor. Actuar de forma preventiva en estos pacientes antes del verano o durante las olas de calor puede ahorrar complicaciones. Se puede unir el hecho de tener peor acondicionada la vivienda al calor.
Pacientes con insuficiencia cardíaca
La vasodilatación y la pérdida de volumen pueden descompensarlos rápidamente. Son especialmente sensibles a la deshidratación y a los cambios bruscos de tensión. Además son pacientes polimedicados y a medida que sumamos fármacos más posibilidad de interacciones y reacciones adversas por el calor.
Hipertensos o pacientes con enfermedad renal crónica
El calor desestabiliza la tensión arterial. Muchos hipertensos que en invierno tienen cifras controladas, en verano presentan hipotensión, mareos y variabilidad tensional. La insuficiencia renal puede empeorar por la deshidratación.

Personas con arritmias previas
La deshidratación y los cambios electrolíticos aumentan la excitabilidad cardíaca (alteraciones de sodio, potasio, magnesio). La fibrilación auricular es más frecuente en días de calor extremo.
Pacientes que toman diuréticos o polimedicados
Son el grupo más vulnerable. Pierden líquido por el calor y por el fármaco, lo que favorece hipotensión, ortostatismo y caídas. Además los diuréticos alteran los iones.
Lo que más veo en consulta: desajustes de antihipertensivos en verano
Este punto es especialmente relevante en mi práctica clínica, y coincide con lo que ven otros muchos médicos en los meses estivales. Calor, verano y corazón se asocian habitualmente para que necesitemos menos medicación.
En verano, la mayoría de mis pacientes no tienen hipertensión. Tienen tensión baja por calor y la propia medicación que toman para controlar su tensión. Lo mismo pasa si además se suma que han perdido peso con alguna dieta o están deshidratados.
Cóctel vasodilatación y antihipertensivos
Los IECA, ARA-II, calcioantagonistas y betabloqueantes pueden bajar demasiado la tensión cuando el cuerpo ya está en “modo bajas resistencias” por el calor. El paciente se levanta y aparece mareo, visión borrosa o incluso síncopes. Este efecto lo tienen también los glucosúricos, que son fármacos que eliminan azúcar en la orina: dapagliflozina, empagliflozina, etc.
Diuréticos: especialmente problemáticos
Los diuréticos son el antihipertensivo paradigmático de este efecto. El paciente pierde líquido por el calor y por el fármaco. Si no aumenta la ingesta de agua, el volumen circulante cae y aparece ortostatismo.
Además, no solo alteramos líquidos, alteramos sales minerales, sodio, magnesio y potasio, que son fundamentales para el mecanismo de acción de distintos fármacos.

Ortostatismo estival
El calor reduce la capacidad de vasoconstricción al ponerse de pie. El paciente se incorpora y la tensión cae de golpe. El corazón intenta compensar aumentando la frecuencia.
Sin embargo, en mayores o pacientes cardiópatas esta respuesta de compensación se puede quedar corta y aparecer la sensación de tener la cabeza continuamente embotada.
Variabilidad tensional
Muchos pacientes que en invierno tienen tensiones “justitas” en verano se quedan cortos. Esto explica por qué tantos hipertensos presentan síntomas en los meses de calor.
Para evitar esto es fundamental, si aparecen síntomas de flojedad o mareo, hacernos mediciones de presión arterial en casa, antes de tomar los medicamentos y durante el resto del día, para saber si necesitamos un ajuste.
Recomendaciones para el calor, verano y corazón
Aquí tienes una serie de recomendaciones que son prácticas, claras y aplicables para cualquier persona que pase el verano con nuestras temperaturas.
Hidratación constante
No se debe esperar a tener sed. Hay que beber agua a lo largo del día hasta un mínimo de litro y medio diario. Ajustaremos al alza esta cantidad especialmente si se toman diuréticos o se realiza actividad física, hemos sudado mucho o tenemos diarrea.
Evitar horas centrales (12–18 h)
El riesgo cardiovascular aumenta en paralelo a la temperatura ambiental. Si tenemos posibilidad es mejor estar frescos y repartir la actividad al inicio del día, que son las horas más frescas y al anochecer, cuando hay menos exposición solar. Exponernos al calor, insolación directa y realizar actividad física durante estas horas es algo que debemos evitar.
Ejercicio adaptado
Reducir la intensidad de tus entrenos en verano. Una subida de 5 grados de la temperatura ambiente eleva la frecuencia cardíaca promedio que alcanzas corriendo hasta 10-15 lpm.
Prioriza actividades a la sombra, interiores o mucho mejor, piscina. Parar inmediatamente la actividad ante mareo, palpitaciones o náuseas
Recuerda: “En verano no entrenas para mejorar, entrenas para mantener.”
Cuidado con la dieta veraniega
Menos embutidos, snacks y comidas fuera de casa que es lo que tendemos a hacer en la playa. El exceso de sodio y alcohol en la dieta hacen que nuestra tensión arterial se vuelva inestable.
Revisar medicación si hay síntomas
Si aparecen mareos, especialmente con bajadas de tensión, ortostatismo al levantarnos del sillón o de la cama, palpitaciones, o estamos con fatiga excesiva y no podemos con el pellejo, piensa en tu tensión.
Cuidado especial en edades extremas
Ventilación, hidratación, evitar exposición prolongada, revisar medicación y vigilar signos de deshidratación. Los mayores y los niños son más sensibles al calor extremo.

Conclusión
El calor extremo es un estresor cardiovascular que aumenta la mortalidad, desestabiliza tensiones y favorece arritmias. Conocer cómo responde el cuerpo, identificar los grupos de riesgo y adaptar hábitos puede evitar sustos durante los meses estivales.
El verano es disfrute, pero también puede convertirse en un reto para tu corazón. Con hidratación, sentido común y ejercicio adaptado, puedes pasar los meses de calor sin complicaciones.
Tu corazón no necesita miedo: necesita cuidado. Baja un poco el ritmo en verano, que estamos de vacaciones. Recuerda: “En verano no entrenas para mejorar, entrenas para mantener.”
Te leo en comentarios si te ha pasado alguna vez, a ti o a un familiar, lo que cuento de los antihipertensivos y el calor.