Historia de la circulación cardíaca

La historia de la circulación cardíaca es la historia de entender el corazón mismo. Durante miles de años, el corazón fue un misterio para los seres humanos. Antes de convertirse en la bomba muscular extraordinaria que hoy conocemos, fue símbolo de vida, para algunos, o sede del alma para otros. Inclusive brújula moral y asociado muchas veces a las emociones.

La idea de que la sangre circula en un circuito cerrado es bastante sorprendente para muchos pacientes. Entender las diferencias entre arterias y venas ya ni te cuento. Y si hablamos de corazón derecho e izquierdo muchos se extrañan ¿tenemos dos corazones?

En este artículo vamos a empezar por un poquito de historia, para entender cómo la humanidad pasó de un corazón con propiedades místicas a la comprensión de la circulación mayor y menor.

Sí, como las osas de las constelaciones.

Un viaje que transformó la medicina para siempre y en el que como veremos hay hasta un español involucrado.

Espero que os guste el artículo.

La historia de la circulación cardíaca empieza en la antigüedad
La circulación mayor y la circulación menor eran desconocidas en la antigüedad, aunque ya utilizasen las constelaciones para guiarse observando el cielo nocturno

El inicio de la historia de la circulación cardíaca

Las primeras civilizaciones no estudiaron el corazón como órgano fisiológico, sino como entidad espiritual. La sede del alma, un receptáculo de los pecados cometidos durante la vida. En Egipto, el corazón era la esencia del individuo: se dejaba dentro del cuerpo durante la momificación y se pesaba en el juicio final frente a la pluma de Maat.

Si el corazón pesaba mucho se consideraba que estaba impuro, cargado de los males cometidos por el difunto. Si por el contrario era ligero, podía acompañar al finado en su viaje al más allá.

En Mesopotamia, se examinaba el corazón de animales sacrificados para interpretar presagios. Lo mismo hacían con el hígado y otras vísceras, que hacían las veces de oráculo. Utilidad que también le daban otras culturas del mundo.

En Asia, en la India védica, era el asiento del atman, el yo profundo; y en la medicina china, el “emperador” del cuerpo, cuyo pulso revelaba el estado físico y emocional. De hecho, la medicina tradicional china distingue varias formas de pulso que se corresponden con distintas enfermedades o estados.

Ninguna de estas culturas concibió la sangre como un flujo continuo que se activaba por el corazón. La vida estaba presente en el corazón, pero no en su movimiento.

En el antiguo Egipto el corazón se consideraba el depósito de los pecados cometidos en vida y era pesado en un juicio antes de partir al más allá

Grecia clásica, Alejandría y Roma: primeros pasos hacia la fisiología

Con los griegos surgieron las primeras observaciones racionales. Hipócrates intuyó que el corazón “empujaba” la sangre y que el pulso reflejaba un movimiento interno. Aristóteles, sin embargo, pensaba y así quedó durante siglos, que el corazón era sede del pensamiento y las emociones. Entendible, ya que percibía que el ritmo cambiaba con distintos estados como el miedo o la ira. El cerebro se pensó que era un simple órgano refrigerante.

La teoría aristotélica que dominó la antigüedad y gran parte del medievo sostenía que la sangre se generaba en el hígado y se consumía en los tejidos, sin retorno. En Alejandría, Herófilo y Erasístrato realizaron las primeras disecciones humanas y diferenciaron arterias y venas, pero creyeron que las arterias contenían aire (pneuma). Aunque avanzaron en anatomía, la fisiología seguía atrapada en conceptos erróneos.

En el siglo II después de Cristo, Galeno consolidó un sistema fisiológico que marcaría la medicina durante más de un milenio. Describió con precisión las cavidades cardíacas y las válvulas, pero su interpretación del flujo sanguíneo era incorrecta.

Heredó la teoría aristotélica de que la sangre se producía continuamente en el hígado, que la sangre arterial y venosa eran distintas, y que la sangre pasaba del ventrículo derecho al izquierdo a través de “poros invisibles” en el septo interventricular.

La historia de la circulación cardíaca es la historia del corazón mismo, una andadura desde los primeros chamanes hasta el padre de la cardiología, William Harvey

Medievo y renacimiento: de Vesalio a Harvey pasando por Servet

La autoridad en la edad media de Aristóteles, Galeno y el resto de los maestros de la antigüedad fue tan grande que nadie se atrevió a contradecirlos. Sin embargo, en el mundo islámico medieval surgió una figura clave: Ibn al‑Nafis.

En el siglo XIII negó los poros del septo de Galeno y describió con precisión la circulación pulmonar. Su obra, demasiado adelantada para su tiempo, no llegó a Europa hasta el siglo XX, pero representaba el primer gran salto conceptual hacia la circulación moderna.

Pasado el oscurantismo, el Renacimiento abrió la puerta a cuestionar dogmas. Fue Vesalio en Italia, en el año 1543, quien corrigió numerosos errores anatómicos de Galeno y afirmó que el septo interventricular era sólido, sin poros. Se empezaban a cuestionar los dogmas aristotélicos.

Poco después, el español Miguel Servet cuya dedicación fundamental era la teología describió en Europa la circulación pulmonar. La sangre pasaba del ventrículo derecho a los pulmones, se oxigenaba y regresaba al ventrículo izquierdo por venas pulmonares. Por sus opiniones religiosas, algo contrarias a los dogmas imperantes de la iglesia católica tuvo que cambiar su nombre y adoptar pseudónimo.

Su obra, publicada en un tratado teológico, en el libro V de su Christianismi Restitutio, tuvo escasa difusión. Fue perseguido por hereje y recibió críticas furibundas de otros reformistas de la época como Calvino. Moriría víctima de la inquisición por sus posturas sobre el bautismo y la Trinidad, pero nada que ver con su aportación científica.

El destino de Miguel Servet fue la hoguera, pero no por sus ideas sobre la circulación sino por sus posturas teológicas, siendo condenado en Ginebra

Historia de la circulación cardíaca: dos circuitos complementarios

El avance definitivo llegó con William Harvey, quien en 1628 demostró experimentalmente que la sangre circula en un circuito cerrado, impulsado por el corazón como una bomba. Calculó el volumen expulsado por minuto y concluyó que la sangre no podía consumirse: debía retornar.

Dedujo la existencia de capilares, aunque no los visualizó directamente. Serían observados por el italiano Malpighi en las ranas en 1661. De esta manera se completaba así la explicación del modelo moderno de circulación.

Al inglés se le considera por este descubrimiento el padre de la cardiología. Por fin acabó con más de un milenio de la teoría imperante desde la Grecia clásica: el hígado era el fabricante de la sangre y esta se consumía en los distintos tejidos del organismo. Este avance fue decisivo para entender el aparato circulatorio.

La comprensión actual de la circulación se basa en dos circuitos perfectamente coordinados. La circulación menor, o pulmonar, es un circuito corto y de baja presión: la sangre desoxigenada sale del ventrículo derecho, viaja por la arteria pulmonar hacia los pulmones, se oxigena en los alvéolos y regresa a la aurícula izquierda por las venas pulmonares. Su función es oxigenar la sangre.

La circulación mayor, o sistémica, es un circuito largo y de alta presión: la sangre oxigenada sale del ventrículo izquierdo por la aorta, llega a todos los órganos y regresa desoxigenada por las venas a la aurícula derecha. Su función es nutrir todo el organismo. Ambos circuitos forman un sistema continuo y cerrado que garantiza el transporte de oxígeno, nutrientes y desechos.

La circulación cardíaca se divide en mayor y menor
La sangre se oxigena en la circulación menor y se reparte por el cuerpo en la circulación mayor

Dos corazones en uno

Aunque hablamos de “el corazón” como una unidad, desde el punto de vista funcional tenemos dos corazones dentro del mismo órgano. El corazón derecho impulsa la sangre hacia los pulmones: trabaja a baja presión, con paredes más delgadas y un circuito corto.

El corazón izquierdo impulsa la sangre hacia todo el cuerpo: trabaja a alta presión, con paredes más gruesas y un circuito largo y resistente. Esta doble bomba sincronizada permite que la sangre fluya de manera continua y eficiente.

Comprender esta dualidad también aclara la eterna confusión entre arterias y venas: arterias son los vasos que salen del corazón. Pueden llevar sangre sin oxígeno, como la arteria pulmonar, o sangre oxigenada, como la arteria aorta. Por su parte las venas son los vasos que regresan al corazón. Pueden llevar sangre oxigenada, como las venas pulmonares, o pueden traer sangre de retorno del cuerpo, como las venas cavas.

La clave no es el oxígeno, sino la dirección del flujo. Las arterias salen del corazón y las venas regresan. Las arterias llevan sangre pulsátil porque sale del corazón y las venas tienen un flujo continuo, no laten. Y no son rojas ni azules.

De esto hablo con precisión en mi libro y lo comparo con el IKEA, donde avanzas siempre siguiendo las flechas del suelo.

Conclusión: la historia de la circulación cardíaca

La historia de la circulación cardiaca es un ejemplo perfecto de cómo avanza la ciencia: lentamente, con intuiciones brillantes, errores persistentes y revoluciones conceptuales.

Desde los mitos egipcios hasta los experimentos de Harvey, la humanidad tardó dos milenios en comprender que la sangre circula en dos circuitos complementarios y que el corazón es una doble bomba perfecta.

Además, estos dos corazones no trabajan de forma aislada sino que están interconectados. Dependen el uno del otro ya que comparten el septo interventricular y las fibras musculares de ambos están entrelazadas.

Hoy damos por hecho este conocimiento, pero detrás de él hay un viaje extraordinario que transformó la medicina y nuestra comprensión de la vida.

¿Sabías que tenemos dos corazones? Escríbemelo en comentarios.

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